Los archivos rumanos revelan que la Securitate reclutó informadores que tenían entre 12 y 17 años

“Sabíamos que nos espiaba la Securitate, pero me sorprendió saber que mis propios compañeros de clase lo hacían por escrito”, afirma Alina Tacu, una mujer rumana que hoy tiene 34 años y que entre los 13 y los 17 años fue vigilada por la policía secreta de Ceausescu. En los últimos días, la prensa rumana se ha hecho eco del caso de Tacu y del uso generalizado que la Securitate hacía de niños y adolescentes para espiar a sus compañeros de clase y profesores. Las motivaciones de los espías eran el fervor patriótico, la compensación monetaria o profesional y el chantaje.

“No manifiesta una actitud política negativa hacia el régimen”, escribía sobre Tacu su compañera Ioana en uno de sus informes: “Es conocido que emigrará a Estados Unidos con el hermano de su padre [George Emil Palade, premio Nobel de Medicina en 1974] y ha sido prevenida para no divulgar información”. Alina Tacu fue espiada por sus compañeros de clase desde 1984 y hasta la caída de Ceausescu (diciembre de 1989), porque su padre, Alexander Tacu, pidió asilo a Estados Unidos. La Securitate se acercó a al menos tres de sus compañeros de clase a los que hizo informadores. “No entabla relaciones con los otros alumnos. Muestra una actitud extravagante y es amante de la vida familiar”, escribía uno de ellos.

“Algunos compañeros me preguntaban cosas raras, sobre lo que haría al llegar a Estados Unidos, los temas de los que hablábamos en casa, las visitas que recibía mi padre, qué emisoras de radio escuchábamos”, afirma Tacu en una entrevista telefónica. Alina confirmó sus sospechas de que la espiaban hace un año. Su padre, preso político en los sesenta y un conocido disidente del régimen de Ceausescu, pidió su archivo a la Securitate en 2000. Cinco años después lo solicitó de nuevo, y por error le dieron un expediente en el que aparecían algunos folios del informe de Alina.

La Securitate reclutó a niños y adolescentes, de entre 12 y 17 años, como parte de una red de información educativa en la que buscaba chicos que vivieran en residencias estudiantiles, con buenas notas, sociables e involucrados en actividades deportivas y culturales, que les permitieran estar en contacto con el mayor número posible de niños y profesores. A Raducu, por ejemplo, le reclutaron cuando tenía 15 años porque le gustaba leer novelas de espías. El oficial que le fichó por sus gustos literarios, escribía poco después: “Tiene un buen entrenamiento, es disciplinado, sociable y le gustan los deportes. Le aprecian sus maestros y participa en varias actividades deportivas. Otros estudiantes confían en él”.

“Los informadores solían provenir de familias sanas, de obreros y campesinos sin educación”, explica Lavinia Stan, historiadora en estudios poscomunistas por la Universidad de Toronto. “Sabemos muy poco porque la información de los archivos de la Securitate se abre con cuentagotas… Quizás los niños fueron reclutados desde los años cincuenta, siguiendo el ejemplo de Pavlik Morozov”, agrega. Pavlik Morozov, según la propaganda soviética, tenía 13 años en 1932 cuando denunció a su padre a la NKVD (predecesora de la KGB). El padre fue sentenciado a pasar 10 años en un Gulag [campo de concentración] y unos meses después, siempre según la versión oficial, Pavlik fue asesinado por su familia. El Gobierno estalinista le declaró mártir y le construyó monumentos y nombró escuelas y calles en su honor. El modelo de niño patriota, según los libros de texto tras el telón de acero, lo encarnaba Morozov.

Patriotismo y chantaje

Un 97% de los informadores de la Securitate, según las cifras oficiales, lo hacía por patriotismo, mientras que el restante 3% se dividía, en partes iguales, entre los chantajeados y los que recibían compensaciones económicas. “Era muy fácil cometer un delito en la Rumania de Ceausescu”, asegura el historiador Stejarel Olaru. “La práctica de las artes marciales, por ejemplo, estaba prohibida, pero igual se practicaba… Yo mismo lo hacía. Era muy fácil que un agente de la Securitate se acercase a un chaval para decirle que si no colaboraba le detendría por actividades subversivas y así lo convertía en informador”, recuerda.

La magnitud de esta red de espías juveniles es un misterio, como buena parte de lo que rodea a la Securitate. “En el condado de Sibiu [uno de los 41 en los que se divide Rumania] había 170 informadores menores de 18 años”, afirma Olaru. “En un ejercicio de aritmética simple, multiplicándolo por 40, podríamos decir que había al menos unos 6.800 en toda Rumania”, dice. En un ejercicio similar, sin embargo, en Sibiu había un total de 830 informadores. Siguiendo el ejemplo de este condado, se podría afirmar que un 20% de los informadores de todo el país eran menores de 18 años.

La Securitate llegó a emplear a unos 15.000 agentes que, a su vez, reclutaron entre 400.000 y un millón de informadores. La deserción de Liviu Turcu y de Ion Mihail Pacepa [un alto general de la Securitate] a Estados Unidos en la década de los setenta, reveló que cada agente, en función de su rango, tenía la obligación de reclutar a 50 o 150 informadores. Cuántos alcanzaban esta cuota, es difícil de calcular.

Los investigadores se enfrentan a un problema adicional: “Vi el archivo de un hombre que informó durante la década de los cincuenta, bajo el nombre conspirativo de Marius”, explica Stan, “le durmieron durante varios años y lo volví a encontrar en un archivo de los años ochenta, con un nombre en clave diferente. ¿Lo cuentas como un informador o como tres?”.

El fantasma del espionaje sigue muy presente en la vida de los rumanos. Durante la conversación telefónica con Alina, la comunicación se corta cuatro veces y se escuchan ruidos cuando habla sobre la misteriosa muerte de su hermano. “Perdone las interrupciones, quizás es paranoia pero creo que nos escuchan”, dice.

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